Accomarca se reencuentra con sus muertos *

"16 años después de la feroz masacre comandada por el sanguinario Telmo Hurtado, campesinos abren las fosas comunes y rompen el silencio"

Mariella Patriau
 

Los campesinos de Accomarca, el distrito ayacuchano, esperan justicia desde hace casi dieciséis años. Este 14 de agosto se cumplirá un aniversario más de la masacre que arrasó con más de la mitad de la población del anexo de Lloqllapampa, a donde LIBERACIÓN llegó este fin de semana para comprobar que el dolor y la impotencia no se agotan con el tiempo.

Llegar hasta Lloqllapampa no es una tarea fácil. Regresar, menos aún.

El camino desde Huamanga hasta Vilcas, la capital de la provincia de Vilcashuamán, toma unas tres horas, aproximadamente. Desde allí, una hora y media más nos separan de Accomarca. Hasta ese lugar llegan los vehículos. A partir de entonces, hay que cruzar, a pie, una montaña inmensa. Son, en total, una hora y quince minutos de bajada, que no se extienden más de lo necesario, gracias a la atenta guía de Daniel Palacios Quispe, uno de los comuneros de Lloqllapampa que han decidido acudir a los periodistas para clamar por justicia.

Durante la ruta, se nos unen Cesáreo Gamboa de la Cruz y Eusebio Baldeón Pulido, a quienes Daniel recoge de sus casas, enclavadas en medio de la puna. Los tres nos llevan, con el paso firme y la voluntad resuelta, hasta el lugar de los hechos.

Cesáreo y Eusebio son los dos testigos que le quedan a Lloqllapampa, para reconstruir el pasado y señalar a los culpables. Vivieron, durante diez años, ocultos en Lima, pues el Ejército los buscaba en Ayacucho, para matarlos y asegurar su impunidad. Recién volvieron a ocupar sus tierras en 1995. Mientras caminamos, nos cuentan la historia, desde el principio.

En julio de 1985, llegó a la escuela primaria de Accomarca un profesor proveniente de Huaraz. Como pertenecía a Sendero Luminoso, inició su labor proselitista entre los comuneros de la provincia. Muy pocos lo siguieron. Al final, en los primeros días de agosto, llegaron a ser alrededor de quince los integrantes de la escuela popular fundada por este maestro, a quien nunca se llegó a capturar.

Una patrulla militar, perteneciente al cuartel de Vilcashuamán, detuvo a un integrante del grupo subversivo, quien confesó la existencia de la escuela de senderistas, cuyo lugar de reuniones estaba ubicado muy cerca a la comunidad de Lloqllapampa.

Esto le bastó al Ejército para sacar sus conclusiones apresuradas y decidir hacia dónde dirigiría esa vez, sus fusiles. El 9 de agosto de 1985, la patrulla "Lince Siete", dirigida por el entonces subteniente Telmo Hurtado Hurtado, llegó hasta la comunidad de Lloqllapampa. El primero en verlos fue Eusebio Baldeón.

"Yo estaba arriba, en el pueblo -recuerda Eusebio-. Los senderistas nos botaron para acá. Váyanse para la parte de abajo, nos dijeron, porque van a llegar los militares y los van a matar. Nos botaron del pueblo. Por eso, varios de los que ya no estaban en el pueblo han muerto aquí. Aquí han muerto mis primos y mis hermanos".

Eusebio logró escapar de los militares. Oculto en uno de los cerros aledaños, fue testigo de la masacre, de principio a fin. "Mataron a mis carneros -cuenta Eusebio- y se los comieron. Al día siguiente se fueron, tranquilos. El 13 vinieron a la feria y se quedaron hasta el 14. Allí juntaron a todos, casa por casa. Los golpearon. Hasta las once de la mañana los golpearon. Después los trajeron a toditos, los metieron en la casa. Reventaron de balas, hasta granadas botaron tres veces. Casi en hora y media han matado a toditos. Perdí a seis primos y a dos sobrinos. Mi cuñada también ha muerto".

Sesentinueve personas, entre ellas, veintitrés niños, muchos ancianos y algunas mujeres embarazadas, fueron asesinadas por Telmo Hurtado y su patrulla. Todos fueron distribuidos en tres grupos: el primero, el de los niños fue encerrado en el ambiente principal de la casa de Cesáreo Gamboa, el testigo más importante. El otro grupo, el de los hombres, fue recluido en la cocina de la casa de Cesáreo. A las mujeres y a los ancianos los llevaron a la casa de la suegra de Cesáreo, ubicada a muy pocos metros de los otros dos recintos.

Luego de encerrarlos, descargaron toda la fuerza de sus fusiles FAL sobre ellos. Minutos después, les lanzaron granadas. Al final, los quemaron. El relato de Cesáreo produce escalofríos.

"Yo y mi esposa estábamos escondidos en las alturas del cerro -cuenta Cesáreo, con los ojos sobresaltados-. Igual los agarraron a todos los que estaban escapando y los reunían de todas sus casas, para traerlos acá. Y acá los han empezado a torturar. Los golpeaban. Yo estaba escondido en el cerro. Los soldados trajeron a la gente con engaños. Les hacían arrodillarse para pedir disculpas. A los que encontraban por allá, los mataban en el camino. Yo escapé con la ropa que tenía puesta, nada más. Me escondí detrás del huaico y dejé a todos mis hijos. A todos ellos los mataron y los quemaron".

Cesáreo perdió a sus tres hijos, de seis, ocho y diez años. Él y su esposa los vieron morir, desde las alturas del cerro.

Uno vino a morir junto con sus hijos, porque no quería dejarlos solos -recuerda Cesáreo-. Los soldados, después de haber quemado a toda la gente, se fueron hacia Accomarca, salieron hacia el pueblo, pero desde arriba siguieron disparándonos a los que habíamos escapado y volvíamos por el cerro. A1 señor Pastor Gómez lo encontraron en el camino y lo mataron. Nosotros lo enterramos debajo de este árbol".

Luego de la masacre, el Ejército abandonó el lugar. Fue entonces que los sobrevivientes -entre ellos Cesáreo y Eusebio- salieron de sus escondites y bajaron a recoger los restos de sus parientes. Todos fueron enterrados en distintas fosas. La más grande de ellas, situada al pie de un árbol de avellanas, es la que los comuneros han decidido abrir, para demostrar que no han olvidado nada de lo sucedido y que siguen reclamando justicia y castigo para los culpables.

"Los cuerpos fueron trasladados, por pedazos, hasta la tumba abierta por nosotros mismos. Nadie dijo nada, nadie hizo nada para poder buscar la justicia. Todo quedó ahí, en el olvido", señala Cesáreo, quien junto con Daniel y Eusebio, inicia la triste tarea de reabrir la fosa común que alberga -entre otros- los restos de los tres niños que le mató el Ejército.

Luego de diez minutos de cavar y cavar, aproximadamente a cincuenta centímetros bajo tierra, empiezan a aparecer las primeras huellas calcinadas.

Vemos salir de la tierra una pequeña ojota, tal vez de Agripina, la menor de las hijas de Cesáreo.

Daniel la recoge con la punta del pico y la posa sobre el montón de tierra que ya se ha juntado al lado de la tumba reabierta. Afloran también ropas con los bordes deshechos por el fuego y huesos frágiles y delicados, de niño.

Cesáreo, Daniel y Eusebio se dan de bruces contra el pasado. Cogen con sus propias manos los restos, con una naturalidad que sorprende. Los dedos del viejo comunero se hunden en la tierra y es como verlo besar a la hija muerta o acariciar las canas del padre anciano, a quien rompieron las costillas a patadas, antes de quemarlo en una de las casas. Entre lo que queda de los cuerpos, aparece un casquillo de FAL que los soldados no alcanzaron a llevarse.

"Son sesentinueve campesinos, son sesentinueve vidas -reclama Daniel-. Nosotros queremos que se castigue a los culpables. De parte de Sendero hubo culpables. Y los militares también son culpables. Los dos son culpables. Porque los militares pensaron que todo el pueblo era de Sendero, creyeron que todos éramos terroristas. En eso se equivocaron, se confundieron con los inocentes. Y los verdaderos culpables, al saber, al presenciar a los primeros soldados, escaparon. Los paganos fuimos los de la comunidad, los campesinos, las campesinas".

Los lugareños afirman que ésta no es la única fosa, pues aseguran que aparte de las sesentinueve víctimas de la masacre de Lloqllapampa- hay otras personas que también fueron asesinadas. "De Accomarca, por lo menos, han asesinado a más de cien personas. A algunos sabemos dónde los han matado. De algunos no sabemos nada", nos explica Daniel, quien perdió a su padre el 14 de agosto de 1985.

"Mi padre se llamaba Albino Palacios Quispe -nos cuenta-. Él murió con su esposa, Felícita Martínez Baldeón. A los dos los mataron acá, en esta casa. Ellos ya eran mayores. Tenían setentiocho años. Teníamos una huerta en Carhuayacu. Mi padre solamente venía llevando su frutita a la feria, haciendo su negocio. De regreso, se encontraron con los militares. Y creyeron que eran senderistas. Eso es lo que pasó con muchos. Confundieron a muchos, muchos. Aquí han muerto todos los inocentes. Aquí ningún culpable ha muerto".

En el local de la Base Militar de Accomarca, por ejemplo, los campesinos presumen que debe haber otra fosa común, abierta por los mismos militares. "En diez años, por lo menos treinta personas entraron allí y a ninguna se le volvió a ver jamás", nos cuentan.

El alcalde de Accomarca, Hernán Gómez Tecse, ha decidido unirse al reclamo de los comuneros. Él recuerda el día en el que llegaron los militares, un día antes de la masacre.

"Es una situación muy desgraciada, lamentable -comenta-. Aquí han muerto personas inocentes. Yo en esa época tenía once años. Perfectamente recuerdo haber visto llegar a los militares, porque pasaron por donde yo
tenía mi choza. Los vi pasar, cuando ellos llegaban, el 13 de agosto de 1985".

Accomarca es uno de los lugares más olvidados de nuestro país. No hay plata para comer ni para promover el desarrollo. El distrito es considerado un "municipio menor", lo que significa que no recibe ni un sol del fondo de compensación municipal. Es fácil deducir entonces en qué prioridad se encontrarán, en esta pobre ciudad, los derechos humanos.

"Nos hemos acercado a instancias superiores y organizaciones de derechos humanos, pero lamentablemente no hemos sido escuchados -denuncia el alcalde-. Los gobiernos de turno no nos toman en cuenta, no nos valoran. Es como si no quisieran remover nada, como si quisieran que todo quedara como está. Eso ha hecho también que los campesinos dejen de creer en los gobiernos. Aquí han venido diputados famosos. Olivera y Valle Riestra han pisado esta tierra, pero desgraciadamente, ¿qué cosa hicieron para la gente? nada".

Lejos de hallar justicia, los comuneros de Accomarca han debido soportar afrentas tan grandes como la impunidad de Telmo Hurtado Hurtado, su verdugo.

Entre 1985 y 1996, Hurtado pasó de ser sub teniente, a convertirse en mayor del Ejército Peruano. Luego de la matanza que dirigió, debieron transcurrir seis años para que el Consejo Supremo de Justicia Militar decidiera condenarlo. Sin embargo, la pena y el delito resultaron ridículos: siete años de prisión por abuso de autoridad.

Aunque parezca increíble, ni siquiera esa exigua condena fue cumplida, pues Hurtado fue favorecido -junto con el grupo Colina- por la Ley de Amnistía, en 1995. Luego de esto, continuó en el servicio activo hasta 1999, año en el que el Instituto de Defensa Legal denunció que Hurtado se desempeñaba como coordinador de la Base de San Ignacio con los comités de autodefensa, en la Sexta Región Militar.

Los comuneros de Accomarca han esperado dieciséis años por la justicia que siempre se les negó. Han vivido atemorizados, amenazados por quienes mataron a sus familiares, escondidos en ciudades que les eran ajenas. Hoy se han librado del miedo y la rabia les alcanza todavía para desenterrar a sus muertos y exigir -ante la contundencia de las evidencias- que alguien ponga las cosas en su sitio: los criminales en la cárcel, sería un magnífico comienzo.
 

* Publicado en el diario Liberación, Lima 24 de julio del 2001, páginas 12-14.
 

Volver
.