EDITORIAL

Chino, ¿contigo hasta la muerte? *

Francisco Igartua
 

Es casi ocioso iniciar este editorial condenando el golpe militar del 5 de abril y repetir lo que e1 el Perú ilustrado comenta: que el ingeniero Alberto Fujimori, al violar la Constitución y autoproclamarse dictador, amo absoluto del país, ha perdido la legitimidad que le dieron los votos y su juramento de lealtad a la Constitución. Fujimori ha dejado vacante la presidencia constitucional. También es ocioso añadir que este golpe militar favorece a Sendero y a la demagogia, y abre la oportunidad para que cualquier oficial, de cualquier arma, alce la bandera de la rebelión en defensa de la Constitución, de la legitimidad. democrática, y lleve a la cárcel al dictador, a los golpistas y a las instituciones civiles que los apoyan.

El ingeniero Fujimori ha asesinado la democracia con el falaz argumento de que el Parlamento es inútil y el Poder Judicial un nido de ladrones. Como si a la hora de lavar trapos sucios saliera favorecido el ingeniero Fujimori, quien todavía no aclara si hubo o no hubo defraudación tributaria en sus negocios inmobiliarios y si fue legal el obsequio de Pampa Bonita que le hizo el Apra; y como si su gobierno ya hubiese aclarado la denuncia de su propia esposa, acusando de inmorales y rateros -no sólo de ropa- a los asesores y parientes del ingeniero Fujimori.

Pero, siendo cierto que un gran porcentaje de la población no comparte  la opinión de la civilidad ilustrada, bueno es no insistir en un análisis conceptual que, unos por ignorancia y otros por intereses menudos, no desean oír.

Mejor será recordar el pasado y más que el pasado remoto el pasado algo más reciente. Me remitiré a recuerdos vividos.
Algunos años atrás, cuando los jóvenes de hoy aún no habían nacido, la política peruana estaba dominada por una pequeña casta favorecida por la diosa fortuna y por los mandones de turno, siempre militares. Los políticos y los periodistas independientes ejercían la oposición con el riesgo permanente de ir a parar a la cárcel o al destierro. La irrupción del Frente Democrático, que llevó a la presidencia al doctor José Luis Bustamante y Rivero, fue una corta primavera democrática que terminó con el golpe "Restaurador" del general Odría y la devolución de sus privilegios a la casta tradicional. A esa dictadura la derrocó el pueblo y la juventud, pero a Palacio ingresó el representante de los privilegiados: Manuel Prado, vinculado al Banco Popular y a las múltiples empresas de su familia. Eran épocas de inquietud por la justicia social. Y era justificada esa preocupación porque los campesinos, en gran parte del país, estaban en condición de siervos y los negocios -todos los negocios del Perú- no podían sustraerse al control de la casta tradicional. ¡Los impuestos del Estado los cobraba una compañía particular, vinculada a la banca, que no sólo no pagaba intereses por el dinero que cobraba -y retenía por tiempo indefinido- sino que obligaba al Estado a pagarle comisiones usurarias! ¡Un país cuyo gobierno no manejaba ni sus propias rentas!... El triunfo electoral del arquitecto Femando Belaúnde respondió a esas inquietudes. Sin embargo, en 1968 el descontento popular, irritado por la mesura del régimen, se fue encrespando hasta clamar a gritos por un nuevo golpe. El gobierno de Belaúnde, según la mayoría, no iba lo suficientemente rápido en las reformas que la modernidad de la época exigía... Y las multitudes aplaudieron al general Velasco cuando apresó y deportó al presidente constitucional, clausuró el Congreso "que cobra por hablar y no hacer nada" y defenestró a los "corruptos" del Poder Judicial.

Yo estuve entre los creyentes en que "esta vez sí sé impondría la moralidad en este país de corruptos". Y sigo creyendo que no faltó buena voluntad en los militares que destruyeron el orden constitucional en aquel entonces. Pero una cosa es la buena voluntad y otra los resultados del quebrantamiento del orden legal y democrático. La Revolución del 68 significó el mayor desastre de nuestra historia y se cumplió lo que una vez me confió el general Velasco, aunque exactamente al revés de lo que él imaginaba: "En veinte años vamos a poner este país patas arriba y nadie lo va a reconocer". Así fue.

Los aplausos y los frenéticos "¡Chino, contigo hasta la muerte!" fueron haciéndose cada vez más débiles y los mismos ciudadanos que ayer aplaudían comenzaron a silbar a la dictadura y a reclamar contra los ladrones del gobiemo militar.
Enseguida vino el asalto a los periódicos, las prisiones, persecuciones y deportación de periodistas. Jamás hubo tinieblas más oscuras para la libertad de prensa.

¿Qué quedó de la Revolución, de su libro azul, de las hermosas esperanzas que despertó con sus Reformas? Pauperizó al campo, empobreció a las ciudades, paralizó las inversiones, malversó miles de millones de dólares, producto de préstamos que todavía no hemos podido pagar, y dejó sembradas algunas estériles ideas que Alan García recogió y puso en práctica: revolución popular, antiimperiaismo.

La Reforma Agraria, la estrella guía de la sensibilidad de moda, es símbolo de ese estremecedor fracaso.

Así fue como se jodió el Perú. Ese es el resultado de las interrupciones constitucionales, de los mesías que se creen dueños de la verdad y que caen en delirios cesáreos. Así han acabado siempre y así siempre acabarán los asesinos de la democracia y la libertad. Comenzarán siendo aplaudidos al autoproclamarse dictadores -las multitudes deliran ante la audacia- y jamás lograrán siquiera una lágrima al ser derrocados.

Ese es el camino que ha escogido el ingeniero Fujimori al ponerse al frente del golpe militar del domingo 5 de abril. Un camino que hoy muchísimos peruanos ven con simpatía porque están ansiosos de tener esperanzas, de aplacar el hambre y las pesadumbres aunque sea con ilusiones. Pero un camino que no tiene otro destino que más ruina, más lágrimas, más pesares para el Perú y los peruanos. Y poca o ninguna libertad de prensa.

¿Por qué ha de ser bueno este golpe militar si fueron nefastos todos los anteriores, sobre todo el de Velasco, en el que se entrenaron los asesores y conductores del pronunciamiento del 5 de abril?

Se trata de un golpe militar montado desde antes que asumiera el mando el ingeniero Fujimori, con la manifiesta intencionalidad de violar la Constitución que, como presidente, juró respetar y hacer que se cumpla. De ahí que, apenas iniciado su mandato, se dedicó a agredir con inusitada violencia a un Parlamento que aún no había abierto la boca; una agresión que no cesó, a pesar de los llamados a la concertación que le hacían las Cámaras, mientras sus asesores de Palacio -el gabinete real- iba montando la campaña publicitaria, orientada por la mente maligna de Segisfredo Luza -siquiatra desquiciado que asesinó a uno de sus pacientes-, destinada a introducir en la ciudadanía la idea de que el Parlamento era corrupto, se llenaba de dinero, no trabajaba y era inepto. A él se debía, según la sibilina propaganda gubernamental, la imposibilidad de que el régimen cumpliera su programa. (Programa. que jamás se conoció porque nunca lo ha publicado, ni antes de las elecciones ni después del triunfo electoral del ingeniero Fujimori y sus compañeros de fórmula, San Román y García).

La misma campaña se fue haciendo contra el Poder Judicial, tan lleno de defectos como el Parlamento y el Poder Ejecutivo, tan ajeno al país real como las otras dos instituciones básicas del orden democrático y tan necesitado de limpieza y reformas como el país entero.

Y acusando a los otros dos poderes de pecados sin cuento -algunos de ellos criticables con sobrado fundamento- el ingeniero Fujimori no hizo muchas cosas que hoy está haciendo y que nunca nadie le impedía hacer: obligar, por ejemplo, a que los militares destacados en el Huallaga hagan declaración jurada de bienes declaración que él no ha hecho-, actuar con energía contra las avionetas de los narcotraficantes e ingresar a los penales a poner orden. Son acciones a las que estaba obligado y no ejecutaba, sin que hubiera oposición alguna para que cumpliera su deber...

Nada justifica el golpe y nadie que no sea un caído del palto puede creer en las promesas, mil veces incumplidas, del ingeniero Fujimori. Tan incierto es el ofrecimiento de que respetará la libertad de prensa, como la promesa de que podrán actuar libremente los partidos políticos. Y eso del plebiscito es un engañabobos que hace cómplices del golpe a los que lo promocionan. Aprobar el plebiscito, que es el sistema electoral de los tiranos y no de las democracias, es aprobar la dictadura y el pisoteo de la Constitución.
 

* Publicado en la revista Oiga, Lima 13 de abril de 1992, página 11.
 

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