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RADICALES LIBRES

La cultura de la gallina *

César Hildebrandt
 

La cultura de la gallina es un viejo mal en el Perú. Consiste, por ejemplo, en creer que la protesta debe ser un susurro a la hora del té.

Porque sino -dicen las gallinas- se alborotan los generales, se enfadan los virreyes, la mafia puede hacer cualquier cosa. Y ay, el ay de Leticia, el ay de Arica, el ay de Tiwinza, el ay de los ayes de todos nuestros pies en polvorosa, de todos nuestros suicidios nacionales, ay.

El ay del cargamontón al caído y de la adulación al que manda. El ay de las pestañas locas pestañeando a los que desenvainan más de prisa.

El ay de las burlitas a Vallejo (por eso se morirá en París) y de la sobonería infecta a Leguía, el Fujimori bien hablado de los 20.

El ay de la sonrisa a Benavides y la mueca a Billinghurst.

El ay de la Fuerza Armada que roba por arriba y se calla por abajo mientras obsequia el teatro de operaciones donde fue derrotada.

País de ay y ayes de gallina, si. También de tremendas personalidades, pero de muchas, muchísimas gallinas.

Que no, señor: que no puedo poner mi nombre. Que le doy datos pero no me nombre. Que lo sé todo, pero no puede atestiguar. Si el uno por ciento de los enterados se atrevieran a hablar para sacarnos de esta pesadilla, el gobierno de Fujimori duraría dos minutos. Aquí pocos se juegan y todos aman la libertad -al menos eso dicen-.

Pero la libertad no es gratis. Se defiende cada día y jamás se negocia con ella. Que eso no lo entiendan las muchedumbres de las esteras, condenadas al presente de la sobrevivencia, es algo trágicamente posible. Pero que las clases medias, por ejemplo, crean que la libertad se encuentra tirada en las aceras, eso asombra.

No hay tradición de lucha en el Perú. Hay tradición de desorden, de tumulto vengador, de turba sanguinaria. Pero casi nunca muestras de reivindicación organizada, de violencia histórica. Porque la historia y la violencia, bien entendida, son hermanas.

Cristo violentó el orden judío y, de paso, el romano. Y todas las libertades que duraron se conquistaron batallando, no rezando. Hasta los Papas entendieron eso -con excesos que un agnóstico como el que escribe censura en toda su magnitud-.

Pero lo que es claro es que si uno se enfrenta a la dictadura no puede hacerlo con las reglas de la dictadura.

Ayer, los jóvenes nos mostraron el camino de la protesta cívica, ciudadana, no vandálica.

Ayer, los jóvenes le impusieron el tono a los políticos, dispuestos a entrar en otro de sus galimatías: que la ONPE hizo el fraude, que no acepto sus fallos, pero que si los acepto si otorgan la segunda vuelta (pero si viene de la ONPE ¿no sería una segunda vuelta ya manchada?) y que no sé si los parlamentarios se plegarían, o sea que puede haber congreso con nuestros parlamentarios pero no segunda vuelta con nuestros votos, y además que la dictadura entienda que no vamos a ceder en
"nuestra terquedad". Ay, otra vez el tonito amelcochado de los que no se rigen por principios y están expuestos al capricho de los vientos. Estas elecciones fueron inmundas. Jamás debieron contar con la participación de la oposición.

Bueno, les dio la gana de ir. Fueron. Ahora, ¿de qué se sorprenden? ¿Qué denuncian? ¿Hablar con el presidente? ¿Para qué? ¿Para salir en la telefoto? ¿Hablar con el jefe del fraude sobre el fraude? ¿Hablar con el destructor de la democracia sobre la democracia? ¿Hablar con el protector del Grupo Colina sobre los derechos conculcados?

¿O todo era una pose para la prensa extranjera? ¿O todo era una pose de estadista que responde en inglés?

El pueblo está harto de una oposición que zigzaguea como el Constitucionalista Beodo.

No importa qué camino escojan, pero que esté nutrido de principios. Porque eso es lo que no ha tenido ni puede tener Fujimori.

Si la oposición va a tener el dialecto indescifrable de Fujimori, los meandros de Fujimori, la carencia de principios de Fujimori, ¿entonces para qué es oposición? La oposición no es el polo opuesto de una misma pila. Eso quisiera "Expreso". La oposición en el Perú del año 2000 será un movimiento democrático y plural que reconstruya nuestras instituciones e impida el retorno de un pillo como Fujimori al sillón presidencial. Hay que decirle al ganador de las elecciones del domingo: No termines pareciéndote a tu enemigo porque sino, ¿para qué lo combates? Tu deber es mantener la distancia moral respecto de aquél que ha pretendido torcer la voluntad del pueblo.

Decir que no vamos a ser violentos en un país donde la violencia la pone, cada minuto, la dictadura que toleramos resulta un poco ridículo.

Tenerle miedo a la expresión popular es como si el árbol renunciara a sus raíces.

El pueblo no quiere confrontación. El gobierno la ha impuesto. El pueblo no quiere violencia. El gobierno violenta resultados y conciencias.

El pueblo no quiere desmanes. Este es el gobierno del desmán y el callejón artero.

Si los líderes de la oposición, que todo se lo deben a los que se jugaron con su voto, no están a la altura de la rabia que sacude al Perú, pues que renuncien y le digan a la gente que no la acompañarán en el rescate del honor del Perú.

Porque ahora, por primera vez, se presenta el escenario que Fujimori teme: un Congreso donde no puede hacer sus necesidades. Y ese Congreso es clave para crear el clima de un cambio pacífico que nos libere de esta situación.

Porque si la oposición está pensando en honrar con sus culitos las curules obtenidas y avalar este fraude, entonces habremos merecido nuestra suerte.
 

* Publicado en el diario Liberación, Lima 12 de abril del 2000, página 2.
 

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