DECIRES

Por qué no podré votar por García *

César Hildebrandt
 

No lo haré porque no puedo renunciar a mi memoria.

No puedo lobotizarme.

No quiero olvidar lo que vivimos entre 1985-1990, esa francachela de vanidades y vulgaridades.

Le he visto la cara a Alva Castro en Canal 6 y he venido a mi computadora a escribir esto.

Sé que me lloverán insultos. Y que esto molestará a mi entregado amigo Jaime Bayly, hoy bastón dorado del Apra cojitranca.

No puedo votar por Alan García porque así ayudaría a sentar el precedente de que en el Perú no hay castigos ni veredictos ni escarmientos. Que los peruanos somos menos que los monos que, en los experimentos conductistas, aprenden a no tropezar con el mismo error para ganarse el alimento.

Porque a Alan García no hay que reprocharle sólo su infausto quinquenio sino, encima, haber creado las condiciones para el decenio maldito que lo siguió. Quince años nos debe este joven reincidente, este convicto de la política, que hoy está a punto de ver coronado su sueño.

¿Qué lección le daremos al mundo los peruanos? ¿La de que premiamos, once años después, al hombre que estuvo a punto de desaparecer el Estado como autoridad y a la moneda como instrumento de cambio?

¿La de que somos una turba de cándidos con taparrabos que volvemos a subyugarnos ante el encanto de unas promesas lanzadas por quien no cumplió antes ninguna?

Si elegimos a García nos estaremos pronunciando ante el mundo como un país no sólo indescifrable sino enfermo, socialmente lisiado. Porque premiaremos a quien no ha expiado sus culpas, no ha corregido su programa, no ha rectificado rumbos y, encima, tiene el cuajo de repetir las cantaletas de 1985, rodeado por los mismos personajes siniestramente mediocres que tomaron el Estado por asalto, protegieron a una industria de incompetentes, llenaron la planilla del Estado con sus sectarios, se robaron los certificados en dólares, nos convirtieron en parias internacionales, se ensañaron dos millones de veces con el sol hasta volverlo inti (piltrafa, mierda, nada, centavo de centavo), nos empujaron al trueque, vaciaron las bodegas y los mercados de productos de importación, hicieron negocios turbios que costearon luego exilios dorados, robaron como Mantilla, mintieron como Saberbein, medraron como Melgar y se cagaron en el país como lo hizo el fugitivo Víctor Polay por un túnel en los días fimales de ese lustro.

¿Cómo olvidar esto?

¿En nombre de qué senderización de nuestras almas puede un peruano premiar esa gestión con otra, tras el intervalo tumoral del fujimorismo que el propio García creó ante el terror de tener que rendirle cuentas al gobierno de Vargas Llosa?

¿Qué clase de zarapastrosos del ánimo somos? ¿Qué clase de esclavos chancas, prisioneros pocras, fugitivos chimúes y totalitarios incas nos habita?

¿O nos ocupa un marqués virreinal, un oidor servil, una mujerzuela con miriñaque y yeso en las mejillas?

¿Largo tiempo el peruano oprimido, otra vez? ¿De qué fustán venimos para ser el pueblo que se obstina en recompensar a quien lo esquilmó y lo decepcionó?

¿De qué parajes humillados nos viene esa capacidad para ser indignos?

No puedo permanecer callado.

Y sé que lo más probable es que no persuada a nadie.

Y sé, además, que en el lado de Toledo hay un prontuario de preguntas sin resolver. Pero votar por él será votar por un equipo económico que no permitirá -esa es la promesa- ningún desmadre. Será votar por un cerco que le impedirá toda tentación de destrozar los pilares del crecimiento: el mercado con sentido social, la inversión privada como prioridad, el capital extranjero como imperativo, la educación como fórmula de ascenso social, la meritocracia como norma, la independencia de poderes como clave de la convivencia.

Allí está García otra vez alentando a los irresponsables que, aceptando como adultos los intereses leoninos que se les ponía en la cara, se endeudaron con la banca privada y ahora quieren no pagar. Allí está otra vez cantando valses y regalando sueldos duplicados, tarifas abreviadas a la mitad, intereses con su rebajita, educación gratuita para todos, seguridad social a la abuelita. Otra vez la monserga laxa y demagógica para que lo aplaudan los que no tienen nada que perder. Otra vez la educación gratuita cuando él sabe que el presupuesto nacional de educación no alcanza (y cuando está seguro de que ese mismo padre que reclama gratuidad de la enseñanza es capaz de comprar una caja de cerveza para celebrar el bautizo de su entenadita). Otra vez el discurso que disuade a la honestidad, que consagra la criollada, que cobija a los sinvergüenzas y morosos y que hace de las masas los extras de una película mala que termina mal. García no cree en el pueblo: lo instrumenta. No quiere su superación: vive de su fracaso. No entiende de economía: cree que ésta no tiene leyes y que es, más bien, una suerte de código conspirativo de los adinerados. Es un gran candidato para un gran pueblo lastrado por la ignorancia. Será un pésimo presidente, otra vez, para un gran pueblo que lo que necesita es un liderazgo que le permita cultivarse y ser mejor y merecer un salario digno basado, ante todo, en su capacitación y productividad, que son nombres modernos de la justicia social. García no compromete nada de sí cuando habla. Hace mucho tiempo que ha disociado acto de palabra. Y García -y esto es lo peor- puede hacer posible con su reivindicación electoral el retorno, el 2005, del fujimorismo hampón que él, Otero y Thorndike fomentaron en 1990. Con lo que el ciclo perverso de autodestrucción del Perú se habría cerrado.

García no regresa solo: una cola de montesinistas le adula y espera. Quizás el 2005 veamos una triunfante alianza de las Martha Chávez y las Judith de la Matta. Total, las separa una persecución menor que la que abismó a Haya de la dictadura que mató a Luis Negreiros, su mayor dirigente sindical.

Toledo es una pobre opción y será su equipo el que merezca un voto desconfiado y responsable. Pero lo otro no es opción. Es un tiro en la sien de la dignidad nacional.
 

* Publicado en el diario Liberación, Lima 29 de mayo del 2001, página 5.
 

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