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Una oposición acostumbrada a perder *

Raúl Wiener
 

La oposición peruana ha sido por mucho tiempo la del lugar común. Sus términos: transición a la democracia, gobernabilidad, protesta puramente pacífica, diálogo con el gobierno, no han nacido de la convicción sino del cálculo. Sus propuestas: continuar lo hecho por Fujimori pero en democracia, globalizar 1a política y no sólo la economía, ser aún más antisubversivos que el gobierno, no reflejaban al país real sino al inventado por los medios serviles o acomodaticios. Su escenario político: el congreso, estaba hecho a su medida. En él se podía decir cualquier cosa y no asumir responsabilidad por ninguna. Su forma de lucha básica: las denuncias constitucionales, penales o civiles al gobierno, que como todos saben eran una apuesta perdida de antemano. La oposición peruana, tal como ha existido, se moldeó en los avatares posteriores al autogolpe del 5 de abril de
1992. En buena cuenta fue una hechura de la OEA y de los acuerdos de las Bahamas, con los que el fujimorismo hizo lo que le dio la gana. La oposición, que conocía al tramposo y sabía sus intenciones, decidió actuar como si creyera en las nuevas reglas y como si de entregar tantas pruebas de ingenuidad y pasividad fuera a recibir en premio el boleto al paraíso.

No sólo perdieron el 92 porque un aventurero nocturno les cambió en una sola jugada la correlación parlamentaria e impuso una mayoría ovejuna para sus peores propósitos; sino que volvieron a perder el 93 en la elaboración de una constitución que consagró la reelección, aumentó los poderes de la presidencia y redujo los derechos de las personas, y se consagró, además, en un fraudulento plebiscito cuyas cifras fueron alteradas con descaro; y en las elecciones del 95, con su candidato de vuelo intemacional, que pretendía el fujimorismo sin Fujimori; en el intento por el referéndum de 1997-1998, contra la re-reelección, guillotinado sin asco después de un gigantesco esfuerzo de jugar las reglas constitucionales; en las recusaciones a la candidatura inconstitucional de final de 1999, frente a un Jurado de Elecciones que ignoró los argumentos legales, etc. Tantas derrotas, por
supuesto, crean hábitos. Tal vez por eso la participación opositora en las elecciones del 2000 carecía de espíritu de combate y muchos de los que se enrolaron en las listas lo hicieron pensando en el inofensivo y bien recompensado concepto de parlamentario que había regido durante los años anteriores. Los tránsfugas son hijos de esa oposición previa al destape, del escándalo de las firmas falsificadas, al levantamiento contra el fraude del 9 de abril, al retiro de Toledo de la segunda vuelta y a la Marcha de los Cuatro Suyos.

Pero el insulso diálogo bajo el auspicio nuevamente de los componedores de la OEA es, sin duda alguna, un fantasma de ese mismo pasado y una prueba inobjetable de las profundas oontradicciones en las que navegan los demócratas peruanos. Claro que saben que no va a salir nada de ahí y que el gobierno está jugando a correr el tiempo y que las comisiones de estudio son
precisamente el terreno elegido para huevear y empantanar. Saben que la OEA tiene las manos vacías, pero no puede irse sin hacer un extemporáneo intento por "democratizar" un régimen que fuera apañado por ellos y que ha vivido largos años gracias a su condición de dictadura con disfraces electorales y parlamentarios. Saben todo eso, pero deciden "agotar" la vía de la
negociación sin futuro, sin percatarse de que lo que están agotando es la paciencia de un pueblo harto de mentiras, abusos y falsa diplomacia. Pero así son. La verdad que es casi un milagro que siendo parte de esa oposición poltrona el ex candidato Toledo haya tenido el valor de dar algunos pasos en una dirección diferente, como cuando decidió enfrentar a la dictadura d 9 de abril luego de haber sido el candidato del segundo piso del fujimorismo; retirarse antes de la segunda vuelta, tras haber dicho que a pesar del fraude había que participar en las elecciones; convocar a los Cuatro Suyos para enfrentar la juramentación de Fujimori, a pesar de todas sus dudas pacifistas. Bueno, una sola persona ha hecho más que toda la oposición reunida por ocho o diez años. Claro que lo ha hecho enredosamente, confusamente, contradictoriamente. Pero eso es lo propio de un liderazgo de circunstancia que ni siquiera alcanza para ser la carta burguesa del recambio ni para despertar la adhesión de la Casa Blanca.

Frente al diálogo, Toledo es otra vez ambiguo. Dice que no se subirá a la mecedora. Pero se ha subido representado por sus más cercanos colaboradores. Afirma que estará muy vigilante, pero se pasa el mayor tiempo en las nubes, dejando pasar, por ejemplo, el levantamiento de Madre de Dios. Señala que devolverá los Suyos a las provincias haciendo el camino de regreso a las provincias para continuar la lucha. Pero a la primera vacila y se encierra en Tacna, entre cuatro paredes, argumentando los infiltrados y los vándalos (como si no los hubiera toda la vida). A continuación, sin embargo, llama a cortar los hilos de la mecedora gubernamental y presionar desde las calles para que se vaya el gobicrno. Un verdadero fenómeno. Una esquizofrenia galopante que sólo puede explicarse en el juego de corrientes que chocan en sentidos opuestos: las que recaen sobre el académico dc Harvard para comportarse como hombre del sistema, y las que sacuden al líder del retiro y de los Cuatro Suyos, que las masas ven como símbolo de su insurgencia. La oposición que está en el diálogo se asusta de este Toledo impredecible. Hay que ver a los Olivera, Andrade, Rey, quejarse de sus impulsos. La izquierda electoral ha visto nacer un caudillo al que quieren copar y convertir en su nueva locomotora de alcaldías y curules. Y por eso le siguen el juego sin ninguna crítica pública, como si todos los zigzagues fuesen coherentes. A Toledo lo niegan los sectarios y lo cercan los oportunistas.

La crisis peruana tiene todos los síntomas de seguir por un tiempo más -nadie sabe cuánto más- con pasos erráticos. El cambio de situación se descubre en el hecho de que aún los más conciliadores tienen que marcar sus desconfianzas en la conciliación. Y que los más combativos, las masas del 9 de abril, del 28 de mayo y del 28 de julio, tienen inevitablemente que tomar en cuenta la complejidad, el movimiento y los límites de su dirección para avanzar sin aislarse y para recuperar el terreno que se pierde en cada vacilación. Hay que estar seguros de que el diálogo con la OEA estallará cualquiera de estos días. Y hay que estar a suficiente distancia de sus fuegos artificiales para no distraer la preparación de la lucha directa para acabar con la dictadura. Que es lo que va a decidir el resultado final.
 

* Publicado en el diario Liberación, Lima 10 de septiembre del 2000, página 14.
 

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