DECIRES

Fujimori, un pobre diablo *

César Hildebrandt
 

Lo que más revelan algunos de los vídeos lanzados es que Montesinos era el presidente en ejercicio y Fujimori era la firma y el tampón.

Se trata del primer narco con presidente propio, del primer asesino con ministro del Interior, del primer psicópata que pudo cumplir un periplo -y con algunos éxitos- en el gobierno.

Fujimori era un adicto a la impostura y gustaba de fingir que tenía de sobra lo que jamás podría tener: valentía; astucia, reflejos, preparación. Todo eso se lo daba Montesinos, que era su teleprompter y su prótesis, la sombra ficticia de una sombra.

Ahora nos explicamos la mueca sesgada de Fujimori buscando a Montesinos declarado en rebeldía: era terror. El terror del muñón reciente, del canalla que sabe cuánto le debe al desaparecido y qué poca cosa es él, el cazador, frente a su presa presunta. Fujimori era la perdiz que iba en busca del zorro, el detective de homicidios que ha matado en serie, el gallina que falsea roncar. Montesinos fue el cerebro de la organización
criminal a la que Fujimori sólo le prestó la notaría y "El Peruano".

Y los peruanos tenemos, ahora, que tragarnos algunos pactos fronterizos y miles de dispositivos facturados por la mafia.

Si pudiéramos rebobinar la vida, lo haríamos. Si pudiéramos fabricar una amnesia gigante que se apiadara de nosotros, la fabricaríamos. Y si pudiéramos suprimir este largo paréntesis de la decencia en el Peru, no vacilaríamos en suprimirlo.

Pero ningún milagro nos es dable. Tenemos que aceptarlo: una antología de la infamia, un Misisipi del desagüe, una banda de hirsutos al saco y al degüello tomaron el Estado, se llevaron lo que pudieron y escupieron sobre la tumba de los próceres. Y los peruanos lo toleramos. Y, algunas veces, lo creímos festejar. Qué náusea.
 

* Publicado en el diario Liberación, Lima 25 de enero del 2001, página 5.
 

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